Una ciudad que ama
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- Pubblicato Mercoledì, 13 Maggio 2009 11:02
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North Riverside (USA): una familia necesitada recibe la ayuda gratuita de toda una comunidad, provocando en la primera una reacción que les lleva a actuar en favor de los últimos y de todos los habitantes de la ciudad. El poder de la reciprocidad en las relaciones, que engloba a todos los niveles de la administración de una ciudad que cuida de sus propios habitantes.
De Carole Spale (Traducción de Rosita Fuerg, reelaboración de A. M. Pantanelli))
En 1979 nos trasladamos a la ciudad de North Riverside, a casi 6000 millas de Chicago.
En aquel periodo nuestra familia necesitó mucha ayuda. Nuestro hijo David, con una gran discapacidad, ha requerido desde la infancia continuos cuidados, como el de someterse a un programa de fisioterapia en el que tres personas a la vez tenían que moverle brazos y piernas para hacerle caminar. Un grupo de casi 20 de nuestros vecinos se alternaban viniendo seis días a la semana, dos veces al día para ayudarnos. ¡Durante seis años! Además los bomberos de nuestra ciudad se ofrecieron a ayudarnos los fines de semana y en sus días de vacaciones.
La gente nos dio incluso alimento y vestido, y una vez, una persona que no conocíamos, nos hizo llegar un regalo para David, sólo por hacerle feliz.
Sentía un agradecimiento tan grande que un día le pedí a Dios que mostrase a nuestra familia el modo de poder agradecer a la ciudad y a sus habitantes por todo lo que habían hecho para ayudarnos.
Poco tiempo después el alcalde de North Riverside – Richard Scheck – conociendo algunas experiencias entre los vecinos, me invitó a formar parte del nuevo comité para los servicios de barrio, compuesto por 72 responsables, uno por cada manzana de la ciudad. Después el señor Scheck me pidió que fuera la coordinadora.
Al principio, el alcalde sólo quería que los vecinos conocieran los recursos que su ciudad podía ofrecerles. Yo estaba de acuerdo con esto, pero sentía, por la experiencia vivida con los vecinos, que nuestra ciudad podía hacer más, de forma que cada manzana llegase a ser como una familia, en la que nadie se sintiera solo.
Al alcalde le gustó mi idea, y así unimos todas nuestras propuestas en un único programa. Los responsables de barrio se encontrarían tres veces al año, con el alcalde, conmigo, con los supervisores de los distintos comités, los responsables de los bomberos, el departamento de policía y la biblioteca.
Una organización bastante compleja, pero eficiente, aseguró la continuidad de todos estos encuentros periódicos y la coordinación entre los distintos responsables, para recoger las exigencias, las necesidades, las preocupaciones, las intenciones de la administración pública, y crear así un clima de familia entre todos, trabajando por el bien de nuestra ciudad.
Fue en aquel periodo cuando Chiara Lubich comenzó a hablar del arte de amar, una contribución real también para nosotros, para crear un clima de familia en North Riverside. Entonces traté de resumir ese arte en cuatro puntos que llamé “el arte de cuidar a los otros”;
1) Ser los primeros en ir a ayudar a los otros.
2) Ayudar a todos indistintamente.
3) Cuidar a los otros de forma concreta.
4) Vivir con el otro las alegrías y las preocupaciones.
En cada encuentro de responsables de barrio comencé a contar experiencias de diez minutos para ilustrar todos estos puntos. Después de un par de años, algunos de los responsables de barrio, comenzaron también ellos a compartir las propias experiencias vividas poniendo en práctica este nuevo “arte”.
Una de las primeras experiencias se refería a una nueva vecina de un bloque, que dejaba a sus perros de la mañana a la noche fuera de la casa. En vez de llamar a la policía, él y los vecinos trataron de “amar a los enemigos” yendo a hablar con la propietaria de los perros, preparando dulces para ella y ayudándola a recuperar a los perros cuando estos se escapaban del patio. Sólo después de haberla “amado” de esa manera, le hablaron de su preocupación por el hecho de que el continuo ladrido de los perros molestaba a un bebé del bloque. Muchos de los responsables se quedaron muy impresionados al ver que, de esta manera, había sido posible evitar un desacuerdo.
El alcalde y yo no sólo habíamos impulsado estos hechos individuales, sino que habíamos tratado de que a través de los responsables de barrio, fuese toda la ciudad la que se convirtiera en fuerza activa a la hora de cuidar al prójimo. Los responsables de los bloques comenzaron a dar la bienvenida a los nuevos residentes, ofreciéndoles una bolsita de dulces caseros. En Navidad regalaron verdaderos árboles decorados, a una persona de cada bloque que supieran que había sufrido mucho durante el año. Viviendo el “cuidar a los otros”, los responsables de los bloques se daban cuenta quién, entre los vecinos, tenía más necesidad de cuidado y atención, ofreciéndose voluntariamente a llevar a la ciudad a las personas para las visitas médicas o para hacer las compras.
Aunque fue difícil al principio hacer regalos a una o más personas de la manzana, experimentaron el amor y la felicidad, y ahora esperan con alegría esos momentos.
Me pidieron que escribiese esta experiencia en una página de nuestro noticiario trimestral. Decidí titular el artículo “historia de ángeles”, y en él contaba cómo “ángeles” anónimos cuidaban de los otros en nuestra ciudad. Por ejemplo algunos ángeles visitaban personas enfermas, llevando a cada uno una rosa; otro cultivaba tomates y los repartía entre los vecinos. Un ángel de 88 años cortó un pequeño árbol por una viuda, que temía que pudiese dañar sus canalones.
El arte de cuidar de los otros fue más allá de North Riverside extendiéndose a otras ciudades. El alcalde nos animaba a no pensar sólo en nuestro bien, sino en el de las ciudades de alrededor. Tomé contacto con personas de fuera de nuestra ciudad para conocer sus recursos, y comenzamos por tanto a construir nuevas relaciones. Comprendimos que es necesario amar la ciudad de los otros como a la propia.
Yo estoy convencida de que el arte de amar puede transformar verdaderamente una ciudad de arriba abajo. Estos cuatro puntos han creado entre nosotros un tal clima de familia que la gente invita a sus parientes a trasladarse a vivir aquí. Un anuncio en el periódico ha sorprendido incluso al alcalde: “He vendido mi casa en North Riverside, pero quiero volver. ¿Hay alguien que tenga una casa que yo pueda comprar?”
Impresiona mucho ver cómo la gente no sólo muestra su agradecimiento al alcalde, a los responsables de barrio o a los grupos, sino a toda la ciudad. Lo que más me ha impresionado es lo que ha dicho una residente hace unos meses: “Soy muy afortunada de vivir en una ciudad que tiene un corazón lleno de amor”. Ha sentido que somos una familia, y esto lo dice todo.



















